Trata de blancas
Foto: http://revistafal.com/

Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Después de la guerra decidí no seguir trabajando como periodista: con todo lo vivido, se había desvanecido mi ilusión juvenil de poder cambiar el mundo a través de la palabra. Pero todavía podía hacer algo: podía ayudar, como me ayudaban a mí a levantarme y empezar de nuevo. Todas mis experiencias como refugiada me ayudaron a no cometer errores que otros habían cometido conmigo. En 1998 empecé a trabajar como educadora social en Cruz Roja Española. Coincidió con la llegada de las primeras pateras a Fuerteventura: una gran marea humana alcanzaba las costas de la isla en busca de su sueño europeo; no eran deseados, la pobreza nunca es bienvenida.

Conviví durante 14 años con inmigrantes de muchos países, les entendía, les ayudaba a salir adelante, con mi cariño paliaba el dolor de la separación, de las pérdidas de familiares, de la pérdida de ilusiones. El sueño europeo estaba muy lejos de lo esperado y costaba demasiadas lágrimas. Allí se mezclaba todo: inmigrantes, refugiados, trata de blancas… Pero todos necesitaban la misma ayuda y cariño. No lo puedo olvidar nunca.

Las experiencias que uno va recogiendo te marcan de por vida: como, por ejemplo, la sensación de echarse encima de un cuerpo frio, mojado, tembloroso y maloliente, que llega después de una larga travesía por el océano, intentando de alguna manera pasar calor de tu propio cuerpo al otro para que no se muera de hipotermia. En aquellos instantes se creaban lazos de amistad y de confianza increíblemente fuertes: ya no les podías defraudar nunca jamás. Fueron los mejores años de mi vida. Todos los esfuerzos daban sus frutos, aunque fuera solo en una sonrisa.

Trata de blancas
Foto: eldiario.es

En aquellos años llegó Esperanza (nombre ficticio) con su piel de ébano, joven, muy joven, casi niña; guapa y embarazada de 9 meses. No había tiempo para nada más que un rápido reconocimiento en el hospital y un parto todavía más rápido. Sola, sin nadie en ese momento tan bonito. Fue la primera embarazada que llegó a la isla y la gente no tardó en volcarse con ella. La colmaban de regalos y cariño. Pero sorprendía su ausencia de felicidad: estaba muy callada y asustada; y por mucho que le dijéramos que todo iría bien, que ya estaba salvada, no había ninguna reacción positiva en su cara, ni una sonrisa.

Una buena familia majorera (y no conozco ninguna que no lo fuera) le ofreció su casa mientras la necesitase, ayuda para cuidar a la niña y para buscar un trabajo en el futuro. Pero Esperanza seguía triste. Teníamos muchas horas de charlas, de intentar ganar su confianza por un minuto, solo un minuto en que se abriera. Le contaba de mí, de mis miedos, le ofrecía mi ayuda y confianza. Y al final salieron palabras que se atropellaban en una confidencia sorprendente que me asustó hasta a mí, que ya tenía lo mío recorrido y pensaba que nada más me podía sorprender ni asustar.

Esperanza era nigeriana, vendida por su familia a una madama que vivía en España, que ahora era su dueña y cuyos cómplices se habían fijado en en ella cuando tenía 12 años: ayudaban a su familia numerosa con aportaciones económicas pequeñitas que les permitían seguir adelante. Al cumplir Esperanza la mayoría de edad, le hicieron un macabro rito vudú que la convirtió en esclava del miedo: mezclaron sus pelos con sangre menstrual y con sangre de animales; de esa manera la ataban con un hechizo para que no revelara su secreto nunca; y, si lo hiciese, lo pagaría la familia con sus vidas.

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Foto: taringa.net

Para una niña-mujer esto era aterrador y la historia la persiguió durante todo el viaje, que duró unos cuatro meses. Algunas veces se movió en grupo pero la mayor parte del tiempo lo hizo sola. Tuvo que cruzar casi toda África y el peaje en muchas ocasiones era el sexo, ya sea con compatriotas, gendarmes o malas personas que se aprovechaban de su soledad, juventud y vulnerabilidad. Las violaciones eran continuas y en una de ellas quedó embarazada. De más está decir que fue un embarazo no controlado, durmiendo un día por aquí, por ejemplo en una carretera, y otro por allí, por ejemplo en un bosque. Cargaba su barriga abultada en soledad.

Cuando llegó a Marruecos, la embarcaron en un cayuco y pisó el suelo de Fuerteventura viva pero con una deuda de 40 000 euros que, a pesar del pánico, tendría que devolver trabajando en prostíbulos españoles. De lo contrario, su familia lo pagaría con la vida. ¿Cómo se entiende esto? ¿Cómo se reacciona contra semejante crueldad? ¿Cómo se ayuda, cómo se lucha contra un rito vudú y se les explica? ¿Cómo? ¿Cómo, Dios mío?

Tiene que cumplir con su compromiso aunque no lo haya hecho ella. Todo lo que le ofrecíamos no era su sueño europeo, era una cárcel en la cual tenía que salir todas las noches para cumplir y saldar su deuda para, supuestamente algún día, recuperar su libertad. No sabía que no ganaría nunca tanto dinero y menos su anhelada libertad. A estas deudas seguían otras y otras. Era prisionera de su destino en esta vida injusta que a unos les da demasiado y a otros, solo dolor y tristeza.

Fue nuestro primer caso, no estábamos preparados, no sabíamos nada todavía. Se tardó muchos años en reaccionar. Ella (como muchas más) seguía su camino, hasta que con el tiempo, algunas se dieron cuenta de que por sí solas no eran capaces de romper el hechizo vudú y empezaron a denunciar. La llamé Esperanza porque sigo creyendo que todavía hay esperanza para todos, para los que necesitan ayuda y para los que ayudamos.

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