Sarajevo
¿Peligro! Francotirador

Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Sarajevo en el caos

Pero volvemos a Sarajevo en abril de 1995. El caos era absoluto en una ciudad asediada. Con los primeros días de la guerra la vida se paralizó. Ya no había agua. Luz, a ratos. No había coches en las calles. Las tiendas, saqueadas. Nada. Solo el sonido de obuses, una lluvia de ellos. Día tras día caían miles. Todo olía a quemado. Pero en Sarajevo se despierta un coraje sobrenatural y la gente va a trabajar. Los que podían estaban aseados y arreglados ( había que apañarse con un litro de agua para la ducha). Corrían por las calles zigzagueando, esquivando los disparos de los francotiradores. Si alguno era alcanzado, yacía en la calle agonizando porque nadie se podía acercar, el miedo a ser la siguiente víctima te lo impedía. Médicos, periodistas, ingenieros…. Todos intentábamos seguir con nuestros trabajos empujados por un extraño deber de normalizar esta situación surrealista. Sarajevo está en Europa y aquí es imposible una guerra.

Sarajevo, en memoria de la biblioteca Pero sí, la guerra seguía día tras día y se bombardeaban edificios vitales: correos y telecomunicaciones, centrales de luz y agua, el edificio de la televisión, hospitales, colegios. No había agua para apagar los fuegos y las noches de primavera se volvían rojas por las llamas que devoraban la ciudad. Creo que ninguno de nosotros olvidará cuando ardía la Biblioteca Nacional. Enorme edificio de estilo mudéjar que albergaba la mejor colección de libros orientales en Europa, escritos en árabe y persa. Las llamas, de varios metros de altura, tragaban nuestro pasado, la historia de los Balcanes. Con el calor infernal volaban páginas sueltas por los aires y la gente corría cogiéndolas al vuelo, en un desesperado intento de salvar algo de historia, de nuestra identidad. Parecía que había muerto un ser vivo, la gente estaba llorando de impotencia, de rabia….

Mi familia y mi trabajo

 

No sabía nada de mis padres. Se quedaron en la parte ocupada por los serbios. Años después me enteré que una granada quemó nuestra casa. Fue el castigo por quedarme en la televisión enemiga y también por otro delito “más grave”: estar casada con un bosnio. Se han ido todos los recuerdos. Mis padres vagaban durante la guerra de casa en casa: de amigos, de vecinos…..Mi marido estaba recluido en la casa de mi tía para que no lo llevaran al frente. Si ocurría eso, sabíamos que era hombre muerto.

Y yo seguía trabajando. Ante las armas el arte fue acallado, se apagaron las luces de teatros y galerías. ¿Qué sentido tenía el arte, lo que había sido mi trabajo hasta el comienzo de la guerra? Ahora tocaba recorrer las calles, las trincheras, contar la verdad sobre Sarajevo y su gente. Los cuatro kilómetros que me separaban de los estudios de TV parecían cuarenta. Cada vez que me iba me despedía de los míos como si fuera la última vez que les vería. Corría por las calles entre disparos de francotiradores. Aún ahora tiemblo cuando me acuerdo del primer disparo que recibí. No hubo ninguna señal previa salvo un pequeño zumbido del proyectil al pasar por mi cabello. Tenía todo el vello de punta pero el instinto de supervivencia me empujaba adelante. Las manos y los pies hacían un círculo de 360 grados, no corría sino que volaba en busca de un escondite. Cuando llegaba a la tele, nunca sabía si iba a salir dentro de 8 horas, un día o dos días. Dependía de los bombardeos, estos eran nuestros horarios ahora.Sarajevo, la biblioteca

Cuando podía me montaba en el coche con un cámara y recorríamos la ciudad, las trincheras. Retratábamos las muertes y la destrucción. Los periodistas extranjeros todavía eran escasos y nuestras imágenes e historias eran los únicos testimonios de este infierno. Sinceramente creíamos que esto llegaría hasta las conciencias de aquellos que podían para la guerra. Ahora veo que todo era en vano.

Sucesos escalofriantes

Aquel año mi prima dio a luz a su primer hijo. El día del nacimiento, junto a su marido, corría hacia la maternidad esquivando francotiradores y bombas; ella con su bebé en el vientre y él con una garrafa de 5 litros de agua para el parto. La maternidad era un edificio agujereado por las granadas y con las ventanas rotas. Los médicos trabajaban vestidos con abrigos y bufandas, interrumpidos solo por los bombardeos…Aquellos vientos de las montañas que rodeaban Sarajevo llegaban más helados que nunca. Allí venían los bebés a este mundo inhóspito, lleno de odio, sangre y muerte. Así llegó al mundo Gorran, el niño que hasta el final de la guerra no había visto la luz de una bombilla, no sabía qué era un huevo o un plátano.

El agua

Era el bien más preciado. Los escasos puentes públicos que abastecían de agua toda la ciudad eran los puntos preferidos para bombardear por los serbios: un macabro acto de sadismo. Esperaban a que las colas se hicieran kilométricas y entonces bombardeaban. Me acuerdo de la familia cuya historia dio la vuelta al mundo, las imágenes se repetían una y otra vez. Salieron los cuatro por agua. La familia completa: la madre, el padre, la hija mayor y el hijo pequeñito de 5 años. Estaban en la cola con sus enseres y un segundo, solo un segundo, cambió sus vidas para siempre. Un ruido estremecedor y la cola se convirtió en un amasijo de carne, sangre y esquirlas de granada. La madre y el padre quedaron partidos en dos, la niña malherida gritaba de dolor y el pequeñín manchado de sangre daba vueltas buscando sus zapatos totalmente ajeno al infierno que se había desatado a su alrededor. Para ellos ya era tarde. Para ellos, como para el pequeño Ailan (*), que yacía muerto en aquella playa, se acabó todo. Varios días en la primera plana y después otras noticias, y sus historias caen en el olvido. Todo se acaba en un instante, pero el mundo sigue.

Sarajevo, refugiados

Seguiré escribiendo en próximas entregas porque, aunque me duele mucho sacar todos los recuerdos, me importa describir la guerra por dentro, aunque tal vez nunca llegue hasta las salas de Naciones Unidas; pero llegará hasta aquellos a quienes les importa el ser humano, aquellos que aprecian la vida y odian los conflictos bélicos, que ayudan y les preocupa el futuro de los refugiados.

 

(*) Niño refugiado sirio que apareció muerto en una playa de Turquía en septiembre del año pasado.

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