vida bosnia

Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Es increíble pero uno puede morir en vida. Aparentemente vives, sigues adelante, ríes, avanzas, pero vives muerto por dentro: una muerte larga y dolorosa que te impide llorar jamás. Dejé todo atrás, mi marido, mi familia, mi casa; y empecé un camino sin regreso.

bosnia-1349466_640_vidaLa vida en una guerra se convierte en una rutina. Bombardeos, muertos, heridos, búsqueda de comida y agua para poder sobrevivir. La ayuda humanitaria tardó bastante tiempo en establecerse, los alimentos escaseaban, moríamos de hambre. Al principio no había coches por las calles, la industria se paralizó y no había polución. Milagrosamente crecían ortigas en los parques y huertas abandonadas brotaban entre la ruinas de los edificio: eran nuestro maná, nuestra comida de todos los días.

Mi último sueldo en la televisión fue un cartón de huevos, ya que nos repartieron lo que había quedado en los almacenes del restaurante de la cadena.

Y mi último día de trabajo, como cualquier otro: retratar la muerte y el dolor. Recorríamos la ciudad cuando se oyó un estruendo cercano. Humo, sangre, partes de cuerpos esparcidos por la calle. Habían bombardeado los edificios. En un noveno piso se veía un boquete enorme. Corríamos por las escaleras, saltando por encima de los escombros. Dentro del piso había una mujer joven con una barra de pan en la mano, en shock, aturdida, no era consciente de que su vida se había partido para siempre con ese obús. Había salido a la cocina a por esa barra de pan, mientras su marido se quedaba en la habitación con su bebé en brazos. Ya no estaban …habían quedado pulverizados entre los escombros. Un segundo bastó, solo un segundo en ese extraño juego de azar, para que ella se quedara sola y destrozada de por vida.

No sé cómo, pero volví a la redacción y retraté ese momento. Hice, seguro, el reportaje mássarajevo_grbavica_vida emotivo de mi vida. Me conmovían las fotos de una vida feliz esparcidas por todos lados. Podía ser yo, mi hijo y mi marido. En un momento me dije: “Hay que salir ya de esta ciudad asediada, de este infierno”. En los días siguientes partía el último convoy de madres y niños. Tenía que estar en él. ¿Pero cómo? Tenía coche pero no gasolina.

Desesperada, llamé a todas las puertas buscando la preciada y milagrosa gasolina. Y, cosas de la vida, por muy absurdo que sea, me la dio el comandante de una milicia paramilitar, los primeros defensores de Sarajevo. Muchas veces estaba con sus combatientes haciendo reportajes sobre ellos y sus batallas. Me lo agradecía con estos 10 litros de gasolina para poder salir hasta la zona libre. Un militar, musulmán, salvaba la vida a una serbobosnia, “su enemiga”.

El día de la partida fue muy angustioso. La cola era enorme, 4500 mujeres y niños hacinados en una carretera. La gente corría entre los coches buscando un hueco libre para algún niño. Muchos de ellos partieron solos porque no había más sitio, y muchos no encontraron a sus familias nunca jamás. Lágrimas, gritos, bombardeos desde las colinas, aviones de caza que sobrevolaban en un intento de proteger de las granadas a esta fila dantesca. Lo único que recuerdo con nitidez es la imagen de dos manos juntas a través de la ventana del coche. Mi marido y yo nos despedíamos enmudecidos de dolor y con una promesa de mi parte: “ Te sacaré de aquí, te lo juro…”

vidaEl convoy avanzaba despacio, serpenteando por la ciudad dividida en dos. Se adelantaba muy poco. Después de unos diez kilómetros en territorio serbio, nos pararon. Nos tomaron por rehenes, acusándonos de esconder armas. En la guerra esto es igual a una sentencia de muerte, ya no sabíamos si nos devolverían a la ciudad o nos matarían. Estábamos en carretera abierta, entre fuego cruzado. Durante toda la noche el cielo ardió con los proyectiles. Kilómetros y kilómetros se convirtieron en una masa que lloraba, oraba y gritaba bajo los proyectiles. Todo el tiempo veíamos los coches de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) dando vueltas intentando liberarnos, sin ningún resultado. Estábamos a merced de unos líderes serbios enfurecidos y unos soldados borrachos ansiosos de sangre. Y no tardaron mucho, empezaron a hacer una lista de los ocupantes de los coches. Yo ya sabía qué significaba esto. Ante cualquier negación del gobierno bosnio empezarían a matar a los niños, esto era lo más cruel y doloroso.

Sabía que mi hijo estaría entre los primeros. Yo era una “puta” musulmana y él, un bastardo. Me

Foto: cultura inquieta
Foto: cultura inquieta

conocían porque me había quedado en la televisión enemiga y no había dudado en levantar la voz contra el líder de los serbios, el loco poeta Radovan Karadjic. Motivo suficiente para castigarme, arrebatándome lo que más quería en el mundo. Años después descubrí que todos mis temores en ese momento eran acertados.

Miraba la preciosa carita de mi hijo y repetía todo el rato: “Perdóname hijo, perdón”. Sabía que cuando llegara el momento le quitaría la vida yo misma, porque no podía soportar que le descuartizaran vivo delante de mí, le quería demasiado para soportar eso… Después me quitaría la vida. Esta idea era tan clara que me asustaba, pero todavía más me asustaba que le pudieran hacer daño a lo que más quiero en la vida.

En aquel momento morí. Morí por dentro. Después no hubo lágrimas jamás. Las lloré todas en aquella situación. Ni dolor más fuerte que aquella decisión de quitarle la vida a mi propio hijo. Lo que vino después simplemente lo viví sin ningún sentimiento, nada ya me puede hacer daño.

Tras 48 horas infinitas, nos liberaron. El convoy empezó a avanzar atravesando el territorio serbio y nos adentramos en territorio croata. Lo que al principio parecía libertad se convirtió en una condena perpetua. Desde aquel momento soy refugiada, para toda la vida. Es mi nombre, mi condición, mi profesión…vida

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