Por Leila Umpiérrez Flores, licenciada en Biología Animal y Ambiental. leydelei@hotmail.com

Ya estamos en otoño, estación fundamental para muchas aves migratorias que emprenden sus viajes (migraciones postnupciales) hacia las zonas donde pasan el invierno. La distancia de estos trayectos depende de la especie, pudiendo llegar a ser rutas tan largas como desde el norte de Europa hasta el sur de África, siendo las islas Canarias un lugar idóneo para hacer una escala y retomar fuerzas para seguir viaje. Unas van y otras vienen, hecho que va a estar determinado según se den las condiciones ideales y el alimento que cada ave necesita.

A mí particularmente me sorprende y fascina cómo, no solo las aves sino muchos otros animales, recorren miles de kilómetros guiados por su instinto, no por azar, siguiendo unos patrones determinados para llegar a su destino; y cómo son capaces de retornar, en algunos casos años después, a las mismas zonas de cría donde nacieron, como es el caso de las pardelas cenicientas (Calonectris diomedea).

La pardela, guañaguana, o llantina, como es conocida en Canarias, es un ave pelágica, es decir que pasa prácticamente toda su vida en el mar y solo llega a tierra para criar, periodo que comprende desde febrero a octubre. En el agua son bastantes silenciosas, pero al llegar a tierra, siempre por la noche, son muy escandalosas. De ahí sus nombres populares, ya que su canto se asemeja a un llanto fuerte y lastimero como “ahua aghhua aghuuuaac.”

En Fuerteventura vemos una pardela que tiene entre 45 y 56 cm de longitud y hasta unos 125 cm de envergadura; es la de mayor tamaño de las que habitan en las islas. Tiene aspecto de gaviota pero es de color gris en toda la parte superior del cuerpo, desde el pico a la cola, y de color blanco en toda la parte inferior, con el pico amarillo y patas rosadas. Cuando en la época reproductora miramos hacia el mar, las podemos diferenciar de las gaviotas a lo lejos, porque las vemos planeado a gran velocidad a ras de las olas, sin dar muchos aleteos, en su incesante búsqueda de alimento para sus pollos. De esta manera aprovechan las corrientes y gastan menos energías en el vuelo. Las gaviotas aletean mucho más al volar y alcanzan más altura.

Las pardelas cenicientas cría principalmente en zonas costeras, pudiendo hacerlo también en zonas de interior, estableciendo sus nidos en acantilados, cuevas, tubos volcánicos, bajo matos e incluso en huras escavadas por ellas mismas. “Hura” es el nombre que se le da al lugar de cría. En ocasiones ponen sus huevos de forma aislada, pero mayormente forman grandes colonias de cría, pudiendo una hura contener una pareja o cientos de ellas.

Tienen una sola puesta al año, con solo un huevo que es incubado por ambos progenitores, que suelen ser las mismas parejas año tras año que reutilizan las mismas huras. Tras nacer, el pollo es alimentando durante casi todo su desarrollo por los padres en lo que se conoce como “cebado”, preparándolo para la última etapa de su desarrollo. En septiembre sus padres los abandonan ya que los pollos son más grandes que ellos debido a la grasa que acumulan, grasa que pierden hacia finales del mes de octubre, que es cuando finalmente tienen que salir de sus nidos para aprender a buscar el alimento por sí mismos.

A partir de aquí las jóvenes pardelas cenicientas emprenden su largo viaje migratorio e instintivo hacia las costas sudamericanas de Brasil, Uruguay y Argentina. Se trata de un trayecto complejo en forma de lazo cruzado a lo largo del Atlántico, en el que utilizan las corrientes de los vientos como ahorro energético, aunque esto les suponga mayor distancia recorrida. Estas aves en su mayoría retornan al lugar donde nacieron a los 4 años de edad aproximadamente, pero no es hasta los 7 años que se hacen reproductoras. Mientras llegan a esta edad de madurez sexual, están dispersas por todo el Atlántico norte.

En el mar se posan formando las conocidas “balsas”, compuestas por cientos de ejemplares descansando. Se alimentan principalmente de peces, aunque también algún cefalópodo puede incluirse en su dieta.

Aunque se trata de una especie aún abundante en el archipiélago, está en declive a nivel mundial y es evidente el descenso de ejemplares, incluso la desaparición de colonias en algunas zonas de nuestras islas. Durante su primer estadio de vida tiene lugar el mayor porcentaje de mortandad, amenazada por la depredación de huevos y pollos principalmente por ratas y gatos. La caza ilegal también influye (aunque cada vez con menos frecuencia), ya que tradicionalmente se han consumido en las islas Canarias desde los tiempos aborígenes. Además, cuando salen los jóvenes del nido hay muchos casos de deslumbramientos debido a la contaminación lumínica de zonas costeras cercanas a sus lugares de cría, provocando que choquen con edificios o tendidos eléctricos, o que sean atropellados. También se ven afectados por consumir plásticos flotantes en el mar, por enredos en artes de pesca, capturas en palangre, etc.

Así que en este mes de octubre, cuando comienza la aventura de las pardelas inexpertas, si te encuentras alguna de ellas aturdida puedes avisar al 112 para que lleguen a rescatarla, ya que son aves que en el mar son expertas e incansables, pero en tierra son muy patosas e incapaces de alzar el vuelo por sí solas. Con suerte, algún día volverán a Fuerteventura.

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