Obsolescencia programada: planificar para que los objetos se rompan

    Usar, tirar y volver a comprar. Corta vida a las cosas para alimentar el sistema de producción, sustentar el sistema económico y terminar de esquilmar lo que nos queda de los bienes comunes.

    Obsolescencia programada
    Obsolescencia programada. Foto: residuosprofesionales

    Por Guillermo Elihatte, periodista. ellibritomajorero@gmail.com

    Obsolescencia programada, tanto daño para apoyar un sistema económico

    Existe como concepto desde principos del siglo pasado, cuando empezó la producción en serie. Se trata de planificar para que los objetos se rompan y haya que reemplazarlos comprando otros nuevos.

    La obsolescencia programada no es más que la planificación de la duración de un producto determinado para que, llegado el momento, se rompa y tengamos que sustituirlo por uno nuevo. Es uno de los principios irracionales con los que funciona nuestro sistema económico: se usa, se rompe y se tira. Y si se puede, se compra otro nuevo y vuelta a empezar. Es la sociedad de consumo que tanto daño produce, porque en la base de este ciclo están los bienes comunes de la naturaleza que alimentan dicho proceso, que ya en pleno siglo XXI es imposible seguir sosteniendo. Se supone que su origen viene de los años 20 del siglo pasado, cuando se empezó a pulir la producción en serie a gran escala. Y al llegar la crisis de la década de los 30 en EE.UU., un grupo de intelectuales planteó la posibilidad incluso de hacer una ley para ordenar todas estas cuestiones, que reactivaría la economía y haría posible la salida de la Gran Depresión. En ese momento no consiguieron nada concreto pero la idea había prendido en las mentes de varios pensadores, que se dieron cuenta de que podría ser una buen arma para seguir sosteniendo el sistema capitalista: producción, consumo, más producción. Se distinguen tres formas diferentes de obsolescencia: de función, de calidad y de deseabilidad.

    La primera consiste en fabricar un producto que supera al anterior porque cumple con más utilidades (tiene que ver directamente con los avances tecnológicos). En la de calidad se vende un producto con una vida útil mucho más corta de la que pudiera tener. Y la de deseabilidad tiene que ver con las modas, también es llamada “obsolescencia psicológica”, y está basada sobre todo en el cambio de diseño del producto: se trata de vendernos lo mismo varias veces pero haciéndonos pensar que, al ser más moderno, es mejor. El papel que juega la publicidad en estas trampas es fundamental. Tal vez el primer caso famoso de obsolescencia comenzó con las bombillas eléctricas. Osram, Philips y General Eléctric en muy poco tiempo se dieron cuenta de que fabricar lámparas de larga duración no era negocio para ellos, sólo beneficiaba a los consumidores. Y a las primeras multinacionales del planeta eso no les hacía ninguna gracia; había que controlar la producción de alguna manera para vender, vender y vender. La primera bombilla fabricada tenía una durabilidad de 1500 horas. Ya en 1924 consiguieron llegar a las 2500 horas de uso. Pero en 1940 las empresas consiguieron su objetivo y comenzaron a fabricar bombillas que duraban menos que las primeras, tan sólo 1000 horas y no más de 125 días, que es para lo que están preparadas en la actualidad.

    Otro caso muy famoso que salió a la luz en 2003 fue la estafa de Apple con las baterías de sus reproductores de música, los iPod. Casey Neistat, un publicista de la ciudad de Nueva York, realizó junto a su hermano un documental que se hizo famoso, iPod’s Dirty Secret, donde denunciaba que las baterías de dichos aparatos duraban solamente 18 meses. En noviembre de ese año ya estaba subido a internet y a las seis semanas eran seis millones de personas las que lo habían visto. Hubo también muchas calles de Manhattan empapeladas con la denuncia. A los pocos días, y después de un gran escándalo que rebotó en los medios de comunicación de todo el mundo, tanto Apple como Sony se vieron obligadas a cambiar todas las baterías de los reproductores que circulaban por la calle y a anunciar un nuevo sistema de garantías para ese componente. El caso anterior también es clave para explicar la relación de la obsolescencia con el consumo y el daño medioambiental: los materiales consumidos sin sentido y desperdiciados agotan nuestros bienes comunes, y encima dejan un rastro de basura hipercontaminante, que normalmente termina en vertederos a cielo descubierto en los países más pobres del tercer mundo.

    Pensemos en el consumo de la que todavía es la primer potencia del mundo, los Estados Unidos. Se sabe que en 2005 tiraron más de 100 millones de teléfonos celulares a la basura. El CPU de un ordenador en los años noventa tenía una duración media de siete años; hoy en día el promedio apenas llega a los dos años de vida. Así pues la obsolescencia programada es algo íntegramente al servicio del capitalismo, que para aumentar la riqueza privada y la acumulación, destruye y agota la naturaleza. A mayor riqueza
    mayor destrucción, más consumo, más basura y cada vez más problemas ambientales. Se convierte así en algo tan insostenible que nos lleva a la autodestrucción y a entender que las sociedades basadas en el consumo hace mucho tiempo que dejaron de ser sinónimo de progreso. Es por esto
    que desde hace años se escuchan voces que propugnan el “decrecimiento”, que la economía tiene que parar de crecer de una vez por todas y que podemos vivir mucho mejor con menos bienes materiales pero en armonía con nuestro entorno.

    La tragedia electrónica
    La tragedia electrónica -documental-

    Fuentes:

    -Historia secreta de la obsolescencia programada, de Valquíria Padilha y Renata Bonifácio
    -http://www.sostenibilidad.com
    -http://www.medioambientales.com

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