Miguel Gil
Miguel Gil. Foto: revistaesfinge.com

Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Las fiestas se me hacen tristes y esperanzadoras a la vez. Probaré a explicarlo. Para aquellos que en este largo camino de refugiados han perdido a sus familias y amigos, estos días se hacen insoportables. Parece que las sillas en las mesas festivas sobran, o mejor dicho, sobrarían si no fuera por la gente que conoces por este maldito camino. Gente que te adopta, acoge y comparte las sillas de su casa contigo y, por encima de todo, te presta su amor y cariño. Mientras los gobiernos fallan en sus políticas de refugiados, mientras giran sus cabezas ante tanto dolor, mientras cierran todas las puertas, hay un ejército de gente buena que se convierte en tu familia, no de sangre sino de amor. Por esto, permítanme esta vez hablar de esas personas, de aquellos que me ayudaron a sobrevivir y seguir adelante.

Miguel Gil es uno de ellos, no llegué a conocerlo nunca y ni siquiera hable con él, pero era mi amigo, mi hermano, una de las personas más importantes en mi vida. Era abogado en Barcelona pero un día decidió cambiar su vida cómoda por las trincheras de la guerra en Bosnia. En el año 1993 llegó a Sarajevo en su moto con una acreditación de periodista. Decidió contar las historias de esta absurda guerra que arrasaba un país, no en África ni en Medio Oriente, sino en el corazón de Europa. Yo en aquella época intentaba desesperadamente sacar a mi marido de Sarajevo, una ciudad asediada, destruida, agonizante. No sé cuántas puertas había tocado, en las que había pedido y llorado. Recibía siempre la misma respuesta: “Olvídate, de allí no sale ni un pájaro”. Mi marido estaba sentenciado a muerte. No lo pude aceptar, no quería rendirme. Pero Miguel Gil estaba ahí y mis amigos periodistas y cooperantes le contaron mi vida. El decidió hacerlo (historia que será narrada en artículos venideros).

Era un tramo de nuestras vidas muy duro. Muchas lágrimas, intentos fallidos, ilusiones, desilusiones. Luchar contra el tiempo era terrible. En cualquier momento podía recibir la noticia de que a mi marido lo habían matado. Pasaron casi dos años para conseguir sacarlo. Parecía un milagro. Mi familia por fin estaba “completa”. Nuestros caminos y el de Miguel, que se unieron en un momento, se separaron otra vez. Mientras nosotros intentábamos rehacer nuestra vida en España, él seguía de una guerra a otra. Luchaba con lo que mejor sabía, con sus imágenes, hasta que una maldita emboscada en Sierra Leona, en 2002, le quitó la vida… Miguel Gil le regaló la vida a mi marido en una guerra y la perdió en otra. No llegué a conocerle, no llegué a darle las gracias nunca, no llegué a decirle lo importante que era para nosotros, pero todas las Navidades habrá un sitio para él en mi mesa, es mi familia.

También tengo dos madres, una que me dio a luz y otra española que me arropó cuando más lo necesitaba, que con su inmenso cariño borraba el dolor y daba sentido a mi nueva vida de refugiada. Aparte de mi hijo propio, además tengo padre y cuatro hermanas, abuelos y tías españolas. Una familia humilde, normal, en la que era fácil refugiarse e integrarse incluso hablando otro idioma y siendo totalmente diferentes. Mis primeras Navidades en España las pasé en su casa y no nos separamos nunca más, no nos une la sangre pero sí un inmenso cariño. Son mi familia.

Pero mi destino en la nueva vida no era Madrid, sino Fuerteventura. Y al poco tiempo de estar aquí, tuve la inmensa suerte de empezar a trabajar en Cruz Roja. Podía por fin ayudar como me ayudaron a mí todos estos años. La familia crecía y se hizo grande, multicolor, multiétnica, y yo a la vez era madre, hermana y abuela. Pero lo más grande era el amor y respeto que nos profesábamos unos a otros.

Por esto puedo decir que toda la isla funcionaba como una gran ONG. Nadie se puede imaginar las miles y miles de almas asustadas que día tras día alcanzaban las costas de Fuerteventura persiguiendo su sueño europeo. Frente a ellos, un pueblo entregado que ofrecía toda su ayuda en lo que sabía. Médicos, profesores, monjas, policías, abogados… El cariño inmenso hacia los que sufren pudo con las ineficaces políticas de inmigración.

Y al fin una familia más. La mía, majorera. Somos de diferentes partes del mundo. Pero somos amigos-familia. Estamos uniendo nuestras soledades y las convertimos en amistad y cariño. ¿Realmente no son los lazos familiares los más importantes y fuertes que existen?

Ahora, cuando he vertido todo lo que llevo dentro, veo que realmente por todos ellos, refugiados e inmigrantes, no se puede apagar la esperanza y el amor que puede contra el odio, para que también sean dignos de un futuro mejor; y aunque en este momento parece imposible y utópico porque hay mucho miedo y crece el rechazo hacia ellos, mientras haya solo un alma buena en este mundo, hay esperanza. Y por suerte las hay, personas que siempre tienen una silla de más en su corazón.

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