por Aga Umpiérrez Flores, terapeuta Gestalt, constelador familiar según el método de Bert Hellinger. agaufma@gmail.com

La palabra “celos” procede del griego zélos, que significa «desear ardientemente y esforzarse apasionadamente por conservar algo propio».

Este significado nos remite al amor, pero también a la posesión. Castilla del Pino (1) señala que «los celos propiamente dichos aparecen cuando a la desconfianza sobre la posesión o propiedad del objeto se añade la hipótesis -la sospecha- de que el objeto podría serle sustraído por alguien que lo ha enamorado».

Norberto Levy (2) los considera una emoción universal que todos en algún momento hemos sentido, pero diferencia entre los celos normales y los patológicos. Para distinguirlos, propone observar el tipo de estímulo que los origina y, por otro lado, la manera en que reaccionamos cuando los sentimos. Si el estímulo es pequeño pero la reacción es muy intensa y destructiva, podemos sospechar que estamos ante unos celos patológicos: por ejemplo, si veo que saludan a mi novia y reacciono airada y descontroladamente muchas veces.

Los celos son una señal que nos conecta con el temor a perder -en grado variable- el afecto y/o reconocimiento de un ser querido por la presencia de un tercero.

Al igual que otras emociones o reacciones, el origen es más profundo.

Levy indica que la raíz más importante que origina los celos es la autodesvalorización. Si hay muchas partes y estados de mí que no acepto (cuando estoy temeroso, triste, etc) y me autorreprocho y descalifico, la consecuencia es que la persona se infravalora cada vez más. Entonces, si no tengo desarrollada la función de autorreconocimiento, me va costar aceptar cualquier reconocimiento que me venga de otras personas, y empezaré a desconfiar del motivo por el que me dicen algo positivo.

Por ejemplo, si yo no me considero mínimamente buen profesional, cuando me digan «qué buen trabajo» tal vez no me lo voy a creer del todo, y puede surgir en mí una desconfianza de si es cierto lo que me dicen o lo hacen con algún fin. Paradójicamente, también estaré esperando el reconocimiento de otras personas, buscando sustituir el reconocimiento que yo no me doy por el que espero de otras personas para valorarme, generando una dependencia emocional con los seres que quiero que me valoren. Lo sorprendente de esto es que nunca voy a quedar saciado porque los otros no me pueden dar lo que yo no me doy.

Otra de las trampas que pueden originar los celos es ver al ser querido como una posesión y, por tanto, como un objeto. La consecuencia de esto es que el encuentro de las dos partes no se produce a partir de la libre voluntad de ambos.

Una forma de «curar los celos» es trabajar con la fuente interior que los origina, que -como podemos intuir- es el autorrechazo destructivo. En el mundo interno de la persona surgen dos partes que se pelean y se autodestruyen. Por un lado una parte “justiciera” que critica y descalifica lo que hace la parte que considera hace las cosas. Y si esta parte que recibe esas críticas se resigna, no se rebela y se traga la descalificación, sin dudar o incluir las partes que sí realiza constructiva y positivamente, se autolesiona.

En terapia Gestalt trabajamos con la técnica llamada «silla vacía», que consiste en poner en diálogo esas dos partes, «dramatizando» la persona cada uno de los roles o partes asignados a cada silla. Por tanto, la parte justiciera y rechazadora le habla a la parte rechazada, y viceversa. Lo que empieza a ocurrir es que el paciente descubre qué siente cada parte, las dos se expresan y una escucha a la otra, surgiendo un contacto entre ambas (descalificadora y descalificada).

Con la guía y el apoyo del terapeuta y sus preguntas, muchas veces surge el reconocimiento, compasión y aceptación de las partes. Gradualmente, la persona va ganando transformaciones interiores que le harán verse con más confianza e integridad, autoaceptación y autorreconocimiento, lo que permite la disminución de la dependencia emocional.

Poco a poco, me convierto en una persona que me amo, que me agrada y me hace bien el reconocimiento de fuera porque yo mismo lo hago conmigo, y puedo reconocer y amar a otros libremente, valorando la especificidad de la relación y sin querer ser todo para el otro y ni que el otro lo sea todo para mí. No debemos confundir esta actitud con el narcisismo insano, que es admiración excesiva y exagerada sobre sí mismo, tomándose como objeto, compitiendo en ser más que los otros y con prácticamente nula aceptación a las personas que no opinan con tanta admiración, pues en el fondo tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación.

Fuentes:

Escuela de Parejas, de José Antonio Marina.

(1) Carlos Castilla del Pino fue un neurólogo, psiquiatra y escritor español, autor entre otros del libro Celos, locura y muerte.

(2) Norberto Levy, Psicoterapeuta, autor de Aprendices de las emociones.

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Narcisismo

Fuente de la foto

http://www.psicoterapia-madrid.es/celos/

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