Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Hace muchos, muchos años que decidí no escribir nunca más. Dejé de ser periodista por desesperación. Una guerra inútil e injusta (como todas) apagó mi voz, mis ilusiones de poder cambiar el mundo.

Perdí todo: mi patria, mis amigos, mi familia. Perdí hasta mi identidad, mi nombre: el mío, SNJEZANA, no lo sabe pronunciar nadie; me convertí en Ana “Bosnia” o Ana “de Cruz Roja”. Así me conocen ahora.

Soy refugiada, como tantos otros que estamos acostumbrados a ver de sobremesa en el telediario de las 3 de la tarde.

Imágenes que, entre bocado y bocado, nos dejan indiferentes, pasivos . Los protagonistas son siempre similares, solo varía un poco el decorado: Bosnia, Costa de Marfil, Palestina, Ucrania, Siria…

Una marea humana, anónima, amorfa, desgraciada, asustada, triste, que vaga entre frontera y frontera, las cuales quedan cerradas como si los que intentaran pasar estuvieran apestados. En una de ellas, aquel año de 1992, estaba yo con mi niño en los brazos. Ya tenemos aprendido que todos huyen de una guerra y que han dejado atrás una vida. ¡¡¡UNA VIDA!!! Diez , cien, un millón de ellas, y otras tantas historias detrás de estos números. Vidas que siguen rotas para siempre pero se intentan recomponer, lejos de su tierra, en los “paraísos” de acogida, los cuales no han escogido ellos, sino que escogen otros según los planes acordados. Vidas que se llenan de nuevo con ilusiones y desilusiones, vidas que son una constante despedida de la gente querida que pierdes por el camino, y que a la vez se llenan de gente nueva .Vidas en las cuales no llegas nunca a echar raíces porque siempre añoras la VIDA que un día te arrebataron.

Por esto he decidido recuperar mi voz y contar nuestras vidas desde dentro. Sacar del silencio estas historias apátridas.

Contaré sobre mi camino, que empezó hace 24 años pero todavía no sé a dónde me va a llevar; sobre mi hijo, mi marido y mi maravillosa familia española, que me adoptó y arropó; sobre Miguel Gil, periodista español, quien sacó a mi marido de la guerra y después murió en una emboscada en Sierra Leona. Y principalmente hablaré sobre mis “usuarios” refugiados e inmigrantes de la casa de acogida de la Cruz Roja; sobre pateras; sobre trata de blancas; sobre lo que he aprendido de esta gran familia multicultural, que al final se hizo MI FAMILIA, con la cual no comparto los genes, pero sí el dolor, la lucha por salir adelante, las ausencias de gente querida. Porque, aunque vivimos puerta con puerta, siempre seremos la bosnia del 2º A, la rusa de Fabelo o el negro de El Charco; y en muchas ocasiones ni nos conocemos, a veces por nuestra timidez, a veces por pensar que estamos aquí solo de paso, a veces por no remover el dolor de la partida.

¡Y pensar que yo había nacido como una “ niña bien”! Mi vida estaba encaminada: estudios, trabajo de redactora de cultura en Televisión Sarajevo, trabajos por el mundo, postgrado en Sociología de Cultura. Una joven educada, independiente, una situación como la de cualquier europea de mi edad. Una vida monótona y recta que te daba sensación de una seguridad absoluta.

En aquellos años, finales de los ochenta del SIGLO PASADO, Europa temblaba por los cambios políticos inesperados: Chaushescu caía en Rumanía como el Muro de Berlín, Rusia se rompía por los cuatro costados, la cortina de hierro se desmoronaba… En aquellos años yo vivía en Moscú, estaba entusiasmada, me sentía partícipe de un cambio del mundo tan importante que no era capaz de ver que mi propio país iba a ser salpicado por estas variaciones, por este terremoto político. Pero pasó.

Bosnia, 1992

Y llegaron las primeras demostraciones de poder, las primeras barricadas, los soldados por las calles. Daba escalofríos pero mi mente, anestesiada con los años de paz, bienestar y una convivencia pacífica entre diferentes religiones y culturas, no quería registrar ninguna señal de peligro. Pero desde el interior del país empezaron a llegar las imágenes de la crueldad de los soldados serbios: ejecuciones, cadáveres en las calles, soldados borrachos con collares hechos con dedos cortados, mujeres violadas. Comencé a pensar que teníamos que trabajar porque el mundo tenía que saber lo que pasaba allí, porque no nos podían callar con el miedo….

¿Cómo, siendo cristiana ortodoxa y judía casada con un musulmán, podría yo odiar a mi familia política, solo porque se llamaba de otra manera y rezaba a un Dios diferente?

Yo y millones como yo formábamos familias mixtas. Y llegó el primer día de la guerra. No lo olvidaré nunca. Soldados con pasamontañas corriendo y gritando por las calles. Aunque parecían escenas de una película era la realidad. En un momento, un día de primavera se convirtió en el infierno.

Fuego cruzado. Las balas rompían ventanas y puertas, se incrustaban en las fachadas. Los alumnos de la Academia de policía, chavales de 15 y 16 años, sacados de sus aulas y llevados a la carretera, temblando y llorando mientras las balas volaban por encima de sus cabezas. Tanques, más tanques y más tanques. Mi barrio fue el primero en ser ocupado por los soldados serbios. Teníamos que salir de allí porque las vidas de mi marido y mi hijo corrían peligro, sabíamos que en cuestión de horas los soldados iban a empezar a ir de puerta en puerta y a ejecutar a todos los que no fueran serbios. Cuando paró el fuego, salimos corriendo con lo puesto, sin ninguna documentación.

El camino duró solo 15 minutos, de un barrio a otro, pero a mí me pareció toda una eternidad. A solo dos calles de nuestra casa nos encontramos el primer chek point (punto de control) . La circunvalación estaba bloqueada por los serbios, con los tanques orientados hacia el centro de Sarajevo. Los soldados estaban borrachos y, con granadas colgadas al cuello a modo de collar, nos preguntaron a dónde íbamos. Dijimos que el bebé tenía una crisis asmática y pedimos que nos dejaran pasar al hospital. No sé ni cómo ni por qué no nos mataron al instante, pero nos dejaron pasar. El último de ellos que escuché, mientras reía cínicamente decía: “A ver si estos son tan humanos como nosotros”. Pero todo recién empezaba, podían disparar detrás de nosotros o nos podía matar algún francotirador. Para evitarlos, los pocos coches que pasaban por las calles lo hacían a la velocidad de un rayo. Todavía me acuerdo de cómo temblaba y el silencio que había en el coche, casi no respiramos hasta llegar a la casa de mi tía, en la parte bosnia de la ciudad partida en dos.

Ya era refugiada en mi propia ciudad y, a partir del día siguiente, también periodista de guerra. Empezaba mi camino sin retorno, sin vuelta atrás….

Pero de esto hablaremos en entregas posteriores. Hasta entonces.

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