Circo Maximo en Roma

por Gianfranco Costa, majorero de adopción.

La vida en el imperio no era nada fácil, pero lo bueno es que había reglas y gestores muy listos. Eran perfectamente conscientes de que había esclavos y aristócratas, la sociedad estaba hecha de clases muy distintas. Sabían que las diferencias de estilo de vida entre las clases más bajas y las nobles eran enormes. Claramente esto generaba muchos tipos de tensiones dentro de su estructura social. Llevar adelante las tareas propias de los individuos pertenecientes a los estratos sociales más humildes implicaba aguantar toda clase de frustraciones, inseguridades y peligros. Los sabios administradores se daban cuenta de eso, sobre todo evaluando los peligros potenciales que hubieran podido surgir a nivel de paz social, si todas esas tensiones se hubiesen amontonado en el día a día sin encontrar una válvula de escape.

Esa gente, los pobres, necesitaban descargar desde el punto de vista emocional toda la amargura contenida en su propia condición personal. Tenían que gritar, necesitaban descargar toda esa rabia por no poder contestar libremente a su señor, por no poder alcanzar fácilmente mejores condiciones de vida. Así que lo más lógico fue diseñar un mecanismo que pudiera tener rígidas herramientas de control por parte de las clases más altas y que, al mismo tiempo, pudiera parecer un espacio emocionalmente libre a los ojos de la gente que necesitaba escaparse de todas esas tensiones interiores.

Hacía falta que incluso los esclavos pudiesen pensar que existía un espacio físico, algunos días concretos, en el que podían dejar a sus espaldas todas las frustraciones, las tristezas y las amarguras. Precisamente por esto se creó el concepto de estadio.

En un día específico a lo largo de la semana, las personas potencialmente conflictivas podían de esa forma encontrar una vía para su venganza emocional más o menos virtual. Podían asistir al espectáculo de gladiadores, perfectamente organizado por parte de las clases más altas, que incluso se mataban entre ellos mismos. El espectador, naturalmente, tomaba parte. Se descubría a sí mismo como aficionado de uno o de otro, del gladiador vestido de rojo o del que llevaba ropa de tejidos negros. En ese estado de semilibertad, siempre perfectamente controlada por parte de las fuerzas del orden, totalmente a los mandos del poder constituido, podían experimentar la ilusión de descargar todo el mal rollo que llevaban dentro, insultando a los adversarios e incluso a sus aficionados. Este perfecto mecanismo de control del rebaño enfurecido era la solución ideal del problema: los nobles continuaban con tranquilidad desarrollando sus funciones y haciendo sus cosas, mientras que los esclavos tenían la ilusión de haber encontrado esa famosa válvula de escape para evitar enloquecer.

La técnica funciona. Siempre ha funcionado desde hace 2350 años, sigue funcionando y siempre seguirá funcionando. Hay que dar a los pobres la ilusión de que puedan sentirse “libres”. La técnica del estadio sigue funcionando perfectamente hoy también para mantener bajo control las franjas sociales que podrían constituir un peligro potencial para los dominadores.

Las clases sociales menos favorecidas en la actual estructura social necesitan encontrar la misma válvula de escape, necesitan ser del Barça o del Real Madrid, necesitan identificarse con los gladiadores rojos o con los negros, necesitan una bandera. Necesitan pelearse entre ellos para desfogar sus frustraciones, incluso a veces llegando a matarse entre “aficionados”. Hay que reconocer que, también hoy, los que gestionan de verdad el poder absoluto lo hacen de manera muy sutil. Simplemente hay que establecer un día (o incluso más de uno) para que los que lo necesitan puedan ir al estadio a desfogar sus profundas frustraciones interiores. No pueden levantarse contra su jefe, que les sigue dando las mismas nóminas mensuales, ni vengarse por lo que hizo su pareja por miedo a la soledad, o rebelarse contra lo que tienen que seguir tragándose, sea lo que fuera.

El colmo consiste en que los aficionados se definen a sí mismos como personas a las que les gusta el “deporte”. En realidad se pelean entre ellos para defender una bandera o la otra, mientras los poderosos de verdad siguen controlando el juego por detrás. Llegan incluso al punto de rezar a los ricos para que puedan comprarles los gladiadores más fuertes, y así crezca la fuerza del equipo elegido.

A mí me gusta muchísimo el deporte, pero en el sentido verdadero: me gusta HACER deporte. Me gusta que mi cuerpo se mueva buscando un equilibrio físico que la vida frenética de hoy en día difícilmente permite recuperar. Pero no me gusta nada ver a 22 personas en calzoncillos jugar al fútbol. Me gusta jugar al fútbol. No me gusta leer en los periódicos decenas de páginas inútiles y fútiles sobre el dichoso “deporte”. Eso no es deporte, eso es hacerse esclavos.

Lo importante es saber que, mientras esa enorme masa de frustrados se pelean entre ellos en el estadio, los más listos, los que verdaderamente gestionan el poder, con un guiño sutil siguen sonriendo en silencio. También este domingo han conseguido evitar la revolución.

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