violencia de género
YSL ofende. Foto: google

Por Gianfranco Costa, majorero de adopción. info@ellibrito.es

Como ya hice hace tiempo, esta vez también quiero hablar de un asunto muy complicado, por no decir de imposible solución. Me refiero a la tragedia que se conoce como “violencia de género”. Es un tema que duele y desorienta en todo el planeta, pero pienso que sobre todo aquí, en Canarias, donde hubo un tiempo en el que las personas de referencia desde el punto de vista religioso y de la administración de justicia fueron mujeres: Tibiabín y Tamonante, madre e hija.

Después de aquel tiempo, ese halo de profundo respeto hacia las mujeres se perdió por completo, debido a las influencias culturales externas al mundo aborígen. Hoy en día, por desgracia, vivimos en un mundo donde todo se mueve de manera completamente opuesta. Para demasiados trogloditas ignorantes, las mujeres son seres inferiores. Hay muchísimos toscos que razonan como en los tiempos de las cuevas, cuando en nuestro imaginario se arrastraba a las mujeres por el pelo. Tristemente, esto lo sabe todo el mundo: las crónicas negras de los periódicos nos relatan a diario innumerables episodios de violencia cobarde contra las mujeres.

¿Cómo hemos podido llegar a este punto? Pues las razones son miles, todas tienen sabores distintos y raíces diferentes, pero todas tienen algo en común: se trata de algún tipo de distorsión cultural. Para empezar, podemos decir que un papel muy importante al respecto lo han jugado las grandes religiones monoteístas. Los eventos y los acontecimientos relatados inicialmente de una manera fueron traducidos y distorsionados a lo largo del tiempo, dependiendo de la visión machista de todas esas religiones para describir una realidad completamente distinta. Solo por poner un ejemplo entre los cientos que de repente se asoman en mi mente: las primeras comunidades cristianas estaban regidas por mujeres, según muchas fuentes originales; pero las mentes enfermas de los posteriores altos cargos eclesiásticos volvieron a escribir el cuento cambiándole totalmente la esencia. De todas formas, no está a mi alcance cambiar de ninguna manera este tipo de cosas, así que sólo puedo tomar nota de ello.

Lo que sí está a nuestro alcance es hacer notar lo que me suena a profunda hipocresía, como esos actos que, aunque políticamente correctos pero sin ninguna eficacia práctica, son los hipócritas minutos de silencio que aman orquestar los políticos para sacarse nuevas fotos. Me parece profundamente hipócrita practicar minutos de silencio después de cada muerte asesina sin que, paralelamente, cambie nada de nuestra manera de entender y describir la realidad cotidiana. Les pongo otro ejemplo: la publicidad.

Hoy en día parece algo bastante normal publicitar una prenda de lujo, un perfume carísimo o un coche lleno de accesorios increíblemente caros a través de imágenes de estupendas mujeres casi desnudas. Aunque soy hombre heterosexual, y por eso mi parte animal sinceramente no me permite evitar admirar esas obras maestras de la naturaleza, no obstante lo que sí puedo hacer es no comprar esos productos; y eso hago. La foto de arriba pertenece a un anuncio que recientemente una conocida casa de modas tuvo que retirar.

Quizá la forma más dramática que asume esta realidad consiste en el hecho de que las propias mujeres son las clientes más asiduas en la compra de esas prendas, perfumes y accesorios de moda en general. Sinceramente me quedé sin palabras escuchando una muy breve entrevista a una modelo guapísima que se quejaba de que los organizadores de una carrera de Fórmula 1, no le permitieron ponerse en bikini bajo un falso paraguas posicionado a 30 centímetros de uno de los bólidos, antes del arranque de la competición. Es decir, le molestaba muchísimo no poder mostrarse al mundo casi desnuda, como un banal objeto, aunque increíblemente hermoso.

Sigo convencido de que para decidir qué tipo de vestuario comprar no se necesita verlo fotografiado junto a una mujer en toples echada en el suelo y rodeada por varones cachondos, todos muy guapos, casi totalmente recubiertos por tatuajes de animales furiosos.

Por estas y por muchas otras razones, estoy casi convencido de que la violencia contra las mujeres no tiene solución en una sociedad tan enferma como la nuestra. De todos modos, como mi tarea es escribir artículos, no puedo evitar dar una enorme importancia a la utilización y al sentido que tienen las palabras. En estos tiempos en los que se ha perdido casi del todo la capacidad de intuir y valorar la propia esencia de las cosas, tiempos banales en los que solo se sabe describir a las mujeres como suma anatómica de las partes más llamativas de sus cuerpos, tiempos en los que sólo vale la forma, creo que mi papel fundamentalmente consiste en devolver el sentido original por lo menos a los elementos que quedan a mi alcance: precisamente las palabras. Me parece conclusión totalmente lógica insistir subrayando la necesidad de recuperar el significado original por lo menos de una de esas palabras: respeto.

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