guardias civiles

Por Gianfranco Costa, majorero de adopción.

En las familias numerosas que se formaron en los años 50 en el sur de mi país, entre la gran cantidad de miembros siempre había, por lo menos, un carabinero. En la mía había muchos más. Recuerdo la placentera sensación que me daba sentarme en la misma mesa al lado de uno de ellos: me hacía sentir tranquilo. Yo solo era un niño, pero quizás ha sido por eso que también de adulto, por lo menos hasta hace algunas décadas, tenía un gran respeto por aquel uniforme. No me daba miedo, era gente de familia por la cual sentía un profundo respeto. Me imagino que algo parecido pasaba aquí en España con los guardias civiles, a pesar de que fueron la mano armada del franquismo.

De todas formas, me gustaría volver a percibir esa sensación perdida de respeto hacia ese uniforme. Por lo menos a mí, hoy en día, en lugar de respeto me infunde miedo, mucho miedo. No sé si se trata de algo que solo me pasa a mí, pero a veces escucho frases pronunciadas por la gente en los bares de mi pueblo: “Cada vez que encuentras a una de sus patrullas, empieza a rezar para que se trate de “los buenos”, aunque no tengas nada que temer”.

Las crónicas de los últimos años han contribuido a reforzar este temor. Los que siguen son algunos de los últimos ejemplos de acontecimientos que sinceramente a mí me dan miedo.

La Provincia, 23 de febrero de 2013: “Los guardias civiles de El Cotillo también traficaban con drogas en Lanzarote . La Benemérita detiene a cinco agentes del cuartel de Corralejo y a cuatro vecinos de Fuerteventura”.

El País, 27 de marzo de 2013: “Detenidos por torturas y drogas nueve guardias civiles llamados “el grupo 7”. Delinquieron y torturaron de uniforme. Se han intervenido 1000 kg de hachís. También se les imputan delitos de torturas, amenazas y falsedad documental”.

La Provincia, 14 de junio de 2016: “Un guardia civil de Mogán, detenido y en prisión por tráfico de drogas ”.

El Español, 18 de junio de 2016: “Droga, sexo y tricornios: el capitán que robaba a los narcos en la Costa del Sol”.

El País, 13 de julio de 2016: “Los agresores de una joven en Pamplona grabaron la violación. Los cinco detenidos, entre los que hay un guardia civil que ha sido apartado del cuerpo, se acogieron a su derecho a no declarar”.

Diario de Mallorca, 29 de julio de 2016: “Un guardia civil, arrestado por colaborar con una banda de ladrones de casas en Eivissa. Desarticulado un grupo que habría desvalijado más de 30 viviendas en la isla durante el verano”.

Por un lado, el hecho de que esas “manzanas podridas” hayan sido arrestadas por la propia Guardia Civil es algo que transmite cierta tranquilidad. Pero esto, sinceramente, no reduce el temor que tengo a que me pare uno de los “malos”.

Me gustaría muchísimo volver a experimentar esa sensación, lejana en el tiempo, de que ahí hay alguien en el que puedes confiar, una referencia, un punto fijo. Me gustaría volver a sentirme protegido, seguro. No me gusta tener miedo de ellos, esto no debería ser así. ¡Qué bueno sería poder echar un vistazo para buscar su presencia y poder olvidarme del temor a que me pase algo malo! Pero tengo que admitir que de momento pienso que, si quieren dañarme, si quieren pillarme, una bombilla fundida la van a encontrar. Una palabra dicha en tono de broma podría desencadenar una reacción violenta y fuera de control. ¿Y si dentro de ese uniforme hay alguien que acaba de tomar cocaína? ¿O si el gesto de sacar la cartera lo confunde con buscar un arma? ¿Qué me va a pasar? Solo puedo esperar encontrarme con un señor de mediana edad que tenga sentido común, y no con uno de esos jóvenes Rambos exaltados con ganas de pegar hostias.

Les pasa a ellos lo mismo que potencialmente le pasa a cualquiera, cuando después de miles de buenas acciones se hace una mala: esta quedará como icono por mucho tiempo. Y su historia franquista tampoco ayuda.

Saber que aquel agente violador de una joven mujer en Pamplona había pasado las pruebas psicológicas de acceso al cuerpo no me deja nada tranquilo. Se podría empezar por revisar el proceso de selección, por poner un ejemplo. Es evidente que algo falla.

Tendrán que trabajar mucho para reconquistar la confianza y el respeto de todo el mundo, quizás podrían empezar evitando que solo se les vea como recaudadores contra quienes conducen a 53 km/h donde hay un límite de 50.

Yo, profunda y decididamente ateo, me atrevo a citar el propio Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo y un árbol malo no puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis”. Mateo 7, 16-20.

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