La montaña sagrada

por Gianfranco Costa, majorero de adopción.

Una vez más voy a centrar mi atención en el significado de la palabra “respeto”. Una vez más quiero subrayar que a la montaña sagrada de Tindaya se le debe profundo respeto. Me parece importante volver a repetir que su sacralidad no se debe al hecho de que alguien, hace muchos siglos, decidiera realizar grabados podomorfos en su punto más alto, sino todo lo contrario: los majos decidieron grabar precisamente allí aquellas imágenes porque esa montaña era sagrada.

Me gusta caminar un poco cada día por el norte de nuestra isla. Y al mirar hacia la montaña sagrada, aunque hay carteles puestos en cada posible acceso, en tres idiomas distintos, que avisan que está prohibido subir, veo por lo menos a 5 personas cada día rumbo a la cima. El objetivo de este artículo es doble: mostrar primero la profunda irresponsabilidad e inconsciencia del Ilustrísimo, Excelentísimo y Brillantísimo Cabildo de Fuerteventura, pues su complicidad en esta situación resulta mucho más que evidente; segundo, quisiera repetir el riesgo que se corre subiendo sin la asistencia de guías oportunamente preparados.

Nuestro patrimonio histórico está en las manos de administradores inadecuados. Dejar esos tesoros, que no tienen precio, sin vigilancia es un delito. Hace mucho tiempo las asociaciones de Fuerteventura que más se preocupan de la conservación y la valorización de los grabados, de los poblados aborígenes y de la flora de la montaña de Tindaya, pidieron que los accesos se protegiesen en respuesta a los muchos actos vandálicos que por desgracia llenaron las páginas de los periódicos locales en su momento. La actuación correspondiente fue totalmente inadecuada, casi una tomadura de pelo: en lugar de proteger la montaña a través de la presencia de personal de medio ambiente vigilando el entorno, pusieron esos carteles. Dile tú a un español “Prohibido subir” y lo primero que va a pasar es que subirá.

Hace unos pocos días, y por primera vez en mi vida, vi un todo terreno que llevaba la inscripción “Medio Ambiente-Cabildo de Fuerteventura”, posicionado al comienzo del camino. Tuve el placer de charlar un rato con ese señor, que llevaba un traje oscuro y tenía una conversación muy amable: era una estrella fugaz vestida de negro. Me explicó que sólo podía quedarse ahí una hora, hora y media como mucho, porque inmediatamente después tenía que irse a otro sitio.

Si la protección del patrimonio histórico isleño fuera una verdadera preocupación para nuestros gobernantes, se ocuparían de contratar a más gente para alcanzar este objetivo: es cuestión de prioridades. En lugar de esto, parece que les gusta mucho más jugar con el dinero público gestionando proyectos faraónicos, absurdos y absolutamente inútiles para sacarse fotos en la prensa, luciéndose con sus sonrisas brillantes, falsas como Judas. Sería suficiente el sentido común de un padre de familia para entender que organizar rutas turísticas guiadas con personal adiestrado y oportunamente formado, no solamente crearía puestos de trabajo, sino sobre todo protegería de verdad los tesoros que esa mala gente desprecia de forma tan torpe.

Mi segunda reflexión se refiere a la propia naturaleza de los grabados que la montaña sagrada custodia y alberga. Se trata de obras sagradas que fueron realizadas con finalidades espirituales sobre la capa exterior de las piedras. Esas superficies tienen un espesor de muy pocos milímetros. La mayoría de los podomorfos resultan casi todos totalmente invisibles a la luz del día y son muy, muy frágiles. Con lo cual, los alegres y ruidosos Indiana Jones que suben a diario llevando consigo sabrosos bocadillos en bolsas de plástico, simplemente andando, sin ni siquiera darse cuenta, corren el riesgo de destruir para siempre esos tesoros, simplemente aplastándolos, porque la mayoría de ellos son invisibles a la luz del sol. Solo la experiencia de los profundos conocedores de los mil secretos de la montaña de las brujas puede proteger esa preciosidad de los ataques inconscientes de los visitantes.

El mío es un llamamiento a los muchos residentes en Fuerteventura para que, por lo menos ellos, se enteren del riesgo enorme que se corre subiendo sin saber dónde meter los pies. Los dioses de la montaña protegieron su espiritualidad a lo largo de muchos cientos de años. No se puede permitir que se destruya todo eso simplemente por la superficialidad e imprudencia de unos curiosos, que no tienen ni idea de los potenciales daños irreparables que pueden provocar sin querer.

Es responsabilidad del Cabildo de Fuerteventura proteger los grabados ancestrales de la montaña sagrada de Tindaya. Hay un precio que pagar por la incompetencia y la ignorancia de quien mira continuamente hacia el otro lado. Tendrán que dar cuenta de eso. Algún día tendrán que responder de los daños que están generando cotidianamente.

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