Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

Cada vez todo era diferente. Justo cuando pensaba que ya sabía cómo funcionaba la trata de blancas, con cada caso nuevo que aparecía veía que en realidad no entendía nada de nada. Con el crecimiento económico desorbitado de fines de los años 2000, aparecían bares o yates de lujo donde se prostituía a las chicas, engañadas con promesas de trabajo falsas. Era muy difícil llegar hasta ellas, verdaderas esclavas despojadas de documentación. No había típicos bares con luces rojas, todo estaba enmascarado en una semilegalidad. Ante la ley eran solo inmigrantes ilegales.

En una ocasión, después de una complicada redada policial, trajeron cinco chicas rusas. Guapas, altas, jóvenes: ¿hace falta mencionar esto? Yo veía cinco almas asustadas, solas, sin saber decir ni una palabra en castellano. Hablo ruso (viví en Moscú) y me podía comunicar con ellas. Era un alivio que alguien tan lejos de su rodina (“patria” en ruso) les entendiera. Creo que el hecho de verse en el centro de acogida de Cruz Roja y comprender que se les escuchaba sin juzgarlas, ayudó muchísimo a que se sintieran protegidas para poder abrir sus almas.

Se atropellaban sus palabras en un intento de librarse de la angustia y el miedo con que las habían tenido atadas muchísimos meses. Cambiaré los nombres otra vez, no por mí ni por ellas, sino por esta sociedad que prejuzga todavía demasiado rápido.


Nadezda (“Esperanza” en castellano) venía de una ciudad no muy grande, típica ciudad dormitorio socialista. Ciudad sin ninguna perspectiva. Allí un día conoce a una tal María (estoy segura de que el nombre es falso) que le promete un trabajo en España. Trabajará como camarera en un bar.

Lyubov (“Amor” en castellano) era otra chica joven y guapa de una ciudad rusa similar a la anterior. Vivía en una ciudad sin futuro y encima su familia tenía numerosos problemas: divorcio de sus padres, alcoholismo, una niña pequeña de una relación ya rota. Una vida muy triste la suya, aunque no llegaba a los 20 años todavía. También conoce a María. Y también las mismas promesas de trabajo.

Así, todas estas chicas veinteañeras tenían la mala suerte de topar con María, quien en poco tiempo las engatusaba con historias de una vida próspera y feliz en un país europeo: podrían salvarse de la pobreza, ayudar a sus familias, dar mejor futuro a sus hijos pequeños. No era difícil convencer a una chica que cobraba 150 euros en su país para partir a los paraísos europeos a donde por el mismo trabajo iba a ganar 1000 euros. Demasiado dulce.

Las chicas escogidas eran llevadas a Moscú y de allí a Múnich, hasta donde todavía viajaban con su documentación, e incluso con un visado para trabajar tres meses en España. Hasta aquí todo parecía normal. Viajaban con María, su amiga salvadora. Para ellas era la primera salida al extranjero, su primera vez en avión. Parecía un sueño.

Un sueño que en cuestión de días se convirtió en una macabra pesadilla. Una vez llegadas a Múnich las alojaron en un piso. Había decenas de chicas como ellas, todas captadas por María. Allí sí les quitaron los pasaportes y cualquier documentación que tuvieran encima. Ya estaban en un círculo del cual es casi imposible salir. Pero ellas todavía no desconfiaban. Al día siguiente les esperaba un largo vuelo a Fuerteventura. Las recogió un coche que las llevó al bar donde iban a trabajar; por las ventanas veían paisajes áridos, océano azul y el sol como nunca antes habían visto. Estaban en el Paraíso Terrenal…

Pero una vez en el bar se acabó todo. No había trabajo prometido. Las encerraron con llave y no podían salir fuera salvo acompañadas por el encargado, nunca solas. Se les explicó lo que tenían que hacer. Engatusar a los clientes, sonreír, ser amables, ser buenas y tomar una copa de champán con ellos para finalmente acostarse juntos.

Allí por primera vez eran conscientes de que les había pasado algo muy malo. A las que protestaban o no llegaban hasta las cifras económicas esperadas les pegaban. Sufrían continuas violaciones de los encargados. Diez o doce clientes por noche, otros tantos botellines de champán. En la madrugada se cerraba el bar, y todas iban en fila india a sus habitaciones. En fila india también para desayunar, comer, trabajar. Nunca solas y siempre custodiadas por los encargados. No había sueldo. Con todo se lo quedaba el dueño. Les cobraba el dinero del viaje, el alquiler, la comida. Sus deudas eran interminables…

La mayoría de ellas no reaccionaba por el miedo de hacer daño a sus familias o simplemente porque no podían aguantar constantes palizas. A las que protestaban les esperaba el maltrato continuo, las ahogaban hasta el punto de dejarlas sin aliento. De esto testificaban los moratones en el cuello con que llegaban algunas de ellas. El día que no estaban muy activas las llevaban hasta un acantilado y fingían empujarlas hacia el borde, amenazándolas con tirarlas al mar y que nunca nadie las encontraría jamás. Algunas veces les decían también que las iban a vender en países árabes y que entonces estarían perdidas para siempre.

Lyubov fue la que peor lo pasó. Era el capricho personal de un empleado, su juguete. Llegó llena de moratones y embarazada. Ni siquiera esto la había salvado de prostituirse. Era un drama inhumano. El bebé era producto de una violación. No era justo. Ni siquiera empezó a vivir, era casi una niña y llevaba sobre sus hombros una tragedia muy pesada.

Y cuando todos pensábamos que el infierno había terminado para ellas, empezaba otro de humillaciones e injusticias. En el juicio los dueños del bar estaban blindados con varios abogados muy bien pagados. Querían intentar convencer al juez que ellas venían ya con permiso de trabajo, que sabían a lo que se iban a dedicar y que, como se les había caducado el visado, estaban en situación ilegal. Las chicas, que nunca habían conocido un juzgado, asustadas y nerviosas, caían fácilmente ante preguntas rebuscadas de los abogados. Aguantaron dignamente. Eran las primeras en esta larga lucha contra el tráfico humano. Todos aprendimos mucho. Ahora es más factible y fácil denunciar, existe la protección de testigos y casas de acogida específicas para mujeres de redes de prostitución. Cada día se avanza un poco en esta lucha, se coge y encarcela a los capos de estas mafias como María, que sin ninguna vergüenza y sentimiento de culpabilidad captan a chicas jóvenes para prostituirlas después.

¿Y qué pasó con mis niñas bonitas? Salieron adelante. Algunas volvieron a su tierra pero la mayoría se quedó. Ahora están casadas, son madres, son trabajadoras, son personas integradas pero con un secreto escondido bien dentro de sus corazones. Mis señoras y supervivientes del abuso humano.

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