Miguel Gil
foto: http://internacional.elpais.com/

Por Snjezana Pejicic Avdic, periodista, exredactora de Televisión Sarajevo, exreportera de guerra, refugiada y actual colaboradora de Cruz Roja Española.

No todos los refugiados salen en las interminables colas que se ven casi todos los días en la tele. De una guerra se huye como puedes, y no como tú quieres. Después de varios intentos fallidos de escapar del infierno de Sarajevo junto a mi marido y mi hijo, solo quedaba una única y última oportunidad: que saliera yo con mi niño en el último convoy organizado y después sacarlo a él. Bendita inocencia. Parecía tan fácil, parecía que en cuestión de días estaríamos otra vez juntos. Pero tardamos casi cuatro años en reunirnos. Cuatro años de lucha, lágrimas, desesperación.

Para mí el tiempo era irracional, se dilataba y encogía entre la esperanza de sacarle vivo o recibir la noticia de que había muerto. Ya había vivido en varios países cuando tuve la primera oportunidad de intentarlo en Belgrado, capital de Serbia, el país enemigo, agresor. Un amigo judío se iba para Canadá y me dejó su DNI, un bien de valor incalculable. Se podía falsificar, sería su salvoconducto. Había que encontrar a alguien que lo hiciera, buscar entre delincuentes comunes, falsificadores de documentos, ladrones de coches, quienes se aprovechaban de la guerra y sacaban beneficio del dolor ajeno. Y lo encontré. Un soldado serbio que se iba al frente en dos días. Falsificó el DNI y, por absurdo que parezca, no me quiso cobrar nada. Él, que en dos días estaría en el frente en Sarajevo, podría ser el que matara a mi marido, si es que antes no le llegaba el documento que él mismo le regaló…

Miguel Gil
foto: http://internacional.elpais.com/

Aquí todas las teorías de moral, ética y lógica caen en saco roto, se quedan para los libros… Empezaba una teoría de absurdos, un militar serbio ayuda a un bosnio musulmán a huir de la guerra. El DNI viajó a Sarajevo a través de Cruz Roja, que era la única manera de comunicarse con los familiares. Pero llegó muy tarde, ya no salía nada ni nadie de esa ciudad.

Pero yo tenía que seguir. Belgrado era una ciudad hostil y peligrosa para refugiados. España era el último país de Europa que abrió sus puertas para 1500 refugiados bosnios. No sabía el idioma, no conocía a nadie, pero había que vencer esos miedos y buscar un sitio seguro para mi hijo, un bebé de dos años. Y Allí empiezo mi nueva vida. Era duro, era triste, ya se habían desvanecido todas las esperanzas de poder volver a mi tierra o sacar a mi marido. Muchísimas puertas gubernamentales se cerraban con los años y la guerra no terminaba. Simplemente no sabían qué hacer con nosotros; pero paradójicamente, una vez más, se abrían los corazones de los ciudadanos. Allí donde terminaba la ayuda oficial, estaban ellos, ayudando en lo que podían. Un ejército de personas que poco a poco se convertían en amigos del alma.

Casualmente conocí, entre otros, a la periodista española Pilar Cernuda, quien se convirtió en mi ángel de la guarda. Parecía imposible que, sabiendo solo un centenar de palabras en castellano, pudiera explicarle con exactitud que solo tenía dos deseos en mi vida: sacar a mi esposo de Sarajevo y conseguir trabajo; y todo empezó a rodar. En un par de días ya colaboraba con Médicos del Mundo. Allí conocí a dos chicas que se convirtieron en mis hermanas y me ayudaron muchísimo, y que también se embarcaron en la aventura del rescate.

Y llegó el día de hacer el plan para sacar a mi marido. Pilar, su amiga jueza, mis dos amigas de Médicos del Mundo y yo, intentando dar con una manera de salvarle la vida. Pero el camino otra vez era solo uno: falsificar las tarjetas press, las que habilitaban a los periodistas para acceder o salir de la guerra; había que encontrar un periódico que supuestamente mandara a mi marido como corresponsal de guerra, falsificar un pasaporte… En aquel momento la jueza me dijo: “Hay una mafia de falsificadores de un país del este, más no te puedo decir. Anda con cuidado, yo te protegeré”. Parecía una misión imposible, algo surrealista. Pero empezamos poco a poco, papel por papel. Otra vez el tiempo se dilataba y me asustaba: diez minutos en Madrid te dan para tomar un café, y en Sarajevo en esos mismos diez minutos puedes morir, quedar inválido o quedarte sin casa.

Miguel Gil
Miguel Gil. Foto: revistaesfinge.com

Mientras nosotras nos reuníamos para seguir con el plan, en Barcelona un hombre tomaba la decisión que para siempre cambiaría su vida y la mía también. Miguel Gil, un próspero abogado, decidía abandonar su cómoda vida y cambiarla por las trincheras de la guerra de los Balcanes. Se cansó de ser un mero observador de tanto dolor. Quería hacer algo para ayudar, contar las historias de esta guerra. Un día apareció en Sarajevo, un chico joven, desconocido, free lance. No le avalaba ningún gran medio de comunicación. Pero poco a poco ganaba cariño y respeto. Primero de los ciudadanos, de los colegas, de los veteranos del periodismo de guerra y de los medios de todo el mundo.

Sus historias eran vivas, vibrantes, duras, sin maquillaje. Él era nuestro enlace en Sarajevo y, entre batalla y batalla, enseguida hizo amistad con mi esposo: un español y un bosnio musulmán. Compartía su comida con él; le traía todos los documentos que necesitaba para salir; y al final decidió sacarle de allí. Es fácil decirlo, pero en ese momento para todos los analistas de guerra era una tarea imposible. El riesgo era enorme para los dos. Tardaron mucho, mucho tiempo. Casi año y medio. Un día no se podía porque no paraba el bombardeo, otro porque las vías seguras formadas para el paso de los convoyes de ayuda humanitaria estaban cerradas, y tantos y tantos interminables porqués.

En Bosnia es costumbre quitarse los zapatos al entrar en casa. Ahora les explico por qué este detalle tan tonto era importante. Si Miguel llegaba a casa y no se quitaba los zapatos y se quedaba en el rellano era señal de que no era el día de huida, venía solo a ver si mi marido seguía vivo y a darle ánimo; por el miedo a ser descubiertos se comunicaban por señas. Pero a finales de agosto de 1994, una tarde de alto el fuego por ambas partes, llegó Miguel y entró en casa. Era el momento, la tarjeta press caducaba en un par de días, tenían que salir con lo puesto y ya. No hubo ninguna despedida, la madre de mi marido dormía la siesta en otra habitación y él hizo una notita despidiéndose y salieron a la calle. No podía hacer otra cosa porque nadie podía saber nada. Pararon en un sitio donde subió en el coche otro amigo español cooperante de una ONG. Rápidamente le pusieron un chaleco de prensa y le explicaron que se quedara en el asiento de atrás fingiendo dormir.

Seguía un largo camino de casi doce horas por las montañas de un país en guerra. Tenían que pasar innumerables check points (controles) militares y paramilitares, donde constantemente se jugaban la vida los tres. Mientras tanto, mis amigas-hermanas cogieron el coche de su padre y con un amigo se dirigieron a Split, una ciudad costera croata que era territorio libre, donde recogerían a mi marido. No tengo que decir que todo era una locura, la tensión era palpable, el riesgo altísimo: las vidas de los tres, que salían de Sarajevo, que harían casi 800 kilómetros sin descansar.

Miguel Gil
En el centro, de azul, Miguel Gil. Foto: Fundación Miguel Gil Moreno

No soy creyente, normalmente no tengo nada para agarrarme en momentos límites salvo a mí misma, y así firmemente creía que todo saldría bien. Aun hoy sigo sin entender cómo sucedió que al final, con muchos contratiempos, todo salió bien. Me ayudó un buen hombre al que no llegué a conocer nunca. Él simplemente siguió adelante de guerra en guerra. Sé que ayudó a algunas personas más a escapar del infierno de la guerra como si nada, como si ayudar fuera algo normal. Se hizo muy conocido.

Trabajaba para Associated Press cuando la muerte le sorprendió en una emboscada en Sierra Leona. Iban bien identificados en un convoy de periodistas pero no sirvió de nada, en la maldita guerra no se respeta nada. Eran un blanco demasiado fácil. Cada día su propia vida estaba en juego, él lo sabía. Pero era demasiado tarde para dejarlo. Bien lo saben los reporteros de guerra. Te hechiza como el fuego a un pirómano, te da miedo pero sigues jugando aun sabiendo que te puedes quemar, porque te sientes realizado, te sientes útil.

Estoy acostumbrada a la muerte, no me sorprende. Demasiado tiempo tuve que vivir con esa sombra sobre mis seres queridos, la esperaba. Pero esta muerte me dio mucha rabia: qué sentido tenía. El que regaló la vida a mi marido, el que era para mi más que un hermano, el que planeaba conocer un día y decirle lo felices que nos había hecho. Pero solo saber que hay en el mundo gente como Miguel, como mis amigos, abre la puerta a la esperanza de que siempre se puede hacer algo.

Las guerras, por suerte, no son para todos solo estadísticas y prósperos negocios asociados. Todavía hay gente que es capaz de entender el dolor ajeno y ayudar. Ahora que mi marido también ha fallecido, me queda una promesa por cumplir: conocer a la madre de Miguel Gil para contarle lo que significó para mi familia, lo que se quiere a su hijo en Bosnia, Kosovo, Sierra Leona, lo que quieren sus colegas periodistas a este loquito que no soportaba su vida cómoda y que un día decidió hacer algo grande: contar la guerra para ayudar a hacer un mundo mejor para todos.

Miguel Gil
Miguel Gil. Foto: elmundo.es

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