cultura en la isla de Pascua 800 × 331
La isla (Rapa Nui en el idioma local) pertenece al estado chileno. Aquí vemos sus sus estatuas.

Por Guillermo Elihatte, periodista.

Existen varias islas en todo el mundo, sobre todo las que han permanecido apartadas y sin intercambios culturales durante siglos que se convierten en puntos de sumo interés y apasionan a los estudiosos: ya sean antropólogos, sociólogos, ambientalistas o historiadores, ellos encuentran en estos lugares sociedades que no han sido influenciadas por civilizaciones externas. La isla de Pascua tal vez sea uno de los mejores ejemplos, ya que la masa continental más cercana, Sudamérica, se encuentra a 3500 km de distancia. Se sabe que la poblaron los polinesios y se cree que eso fue alrededor del año 900 d.C. Vivieron durante 500 años en paz, armonía y prosperidad, hasta que la competencia, la ambición y el egoísmo empezó a cegarlos… Tenían muy buenas condiciones para alimentarse.
Había bosques , 21 variedades de palmeras (dos de las más grandes servían para construir casas y canoas). Comían algunas de las 25 especies de aves que vivían allí, de sus propias cosechas, de los frutos de los árboles, de la pesca; y también comían ratas, animal que se supone fue introducido por ellos mismos.

Esta civilización alcanzó su máximo esplendor hacia el año 1500 d.C. Después se encuentran evidencias de que el número de personas y viviendas empieza a descender hasta que, al llegar el siglo XVIII, la disminución de la población supera el 70 %. Pero, ¿qué fue lo que pasó durante estos años? ¿Qué cambios se produjeron y por qué? ¿Qué fue lo que hizo que una civilización próspera y organizada quedara destruida? El pueblo polinesio vivió durante este tiempo en isla de Pascua bajo una teocracia, donde los caciques eran considerados dioses. Había una población de entre 20 000 y 30 000 habitantes, divididos en 11 o 12 clanes, cada uno de ellos con su propio cacique como representante divino. Pero cuando llegaron los europeos en el siglo XVIII, se encontraron con un lugar que ya no tenía árboles, una población escasa y extremadamente pobre; tampoco casi quedaban animales, ya que de las 25 especies de aves que existían solo quedaban las gallinas, y el otro ser vivo que había sobrevivido eran las ratas. También hallaron algo muy curioso: aproximadamente 900 esculturas de piedra gigantes pero que estaban rotas y esparcidas por todo el territorio insular. Su promedio de peso era 5 toneladas, aunque había más de 30 que superaban las diez; su altura media, 4,5 metros. La más grande de todas era de 21 metros y 270 toneladas.

Fue lo que más les llamó la atención: ¿Quiénes las habían levantado y cómo se las ingeniaron para construirlas? ¿Cómo hicieron para transportarlas por kilómetros y a veces cuesta arriba desde la cantera hasta su lugar de exhibición? como si hubieran sido atacadas? ¿Qué era lo que había pasado tiempo atrás en ese lugar del mundo? Se supone que cada una de estas figuras representaban a los clanes, al poder del cacique. Eran todo un símbolo de distinción, dominio, fuerza y superioridad. Fue entonces cuando empezaron a competir por la estatua más grande y aparecieron las dificultades… Los registros históricos demuestran que el tamaño de las esculturas aumenta con el paso de los años y, debido a distintos motivos relacionados con este hecho, marcó el comienzo de la cuenta regresiva de dicha civilización, que desde entonces no paró de retroceder hasta llegar a su autodestrucción. Se cree que en el momento en que la isla fue ocupada por los polinesios (900 d.C.) comenzó la tala de palmeras. Y finalizó, como tarde, en el siglo XVII. Las palmeras suministraban leña y fuego para cocinar y calentarse, madera para construir sus casas y canoas para pescar. Hasta aquí todo necesario e imprescindible para una economía de subsistencia.

Pero llegaron las figuras de piedras con todo su significado simbólico de poder; cada vez eran más grandes y pesadas y se supone que la única manera de construirlas era colocando andamios de madera. ¿Pero y cómo las trasladaban a través de la isla? Por medio de la madera también: construyeron muchos rodillos y grandes trineos para esa tarea. Y con la tala empezó la destrucción. Al mismo tiempo que aumentaban el número y el tamaño de esculturas, los bosques comenzaron a reducirse. Con los años las consecuencias se hicieron
notar: pérdida de materias primas, reducción de alimentos silvestres, disminución de rendimiento en los cultivos, menos material para sus casas y para sus canoas, hecho que repercutió irremediablemente
en la pesca, que pasó a ser insignificante. Por otro lado, con pocos árboles esta isla ventosa erosionó la tierra en un tiempo reducido y la cuestión alimenticia se complicó aún más. Encima también escaseaba la madera para seguir construyendo y transportando las estatuas. Otra prueba de lo ocurrido son los hallazgos arqueológicos que demuestran que los muertos dejaron de quemarse por falta de combustible, entonces los sepultaban o los momificaban.

Se piensa que fue el ejemplo más duro de deforestación en el océano Pacífico y de los más extremos en el mundo. En lugares como estos, sin contacto con el exterior, colapsos tan terribles en los bienes comunes (recursos naturales) no pueden compensarse.
La escasez, el tiempo y las conductas humanas trajeron lo que faltaba: la guerra. Pero no fue una guerra cualquiera, si no una guerra tan terrible y sanguinaria por las riquezas de la tierra que terminó con una cultura entera (*). Está probado que se convirtieron en caníbales y se han encontrado muchas marcas de mordeduras que llegaban hasta
los mismos huesos e incluso hasta el tuétano al quebrarlos con sus dientes. El odio hacia el otro era total. Se sabe también que alrededor del año 1800 el sistema impuesto por los caciques ya no existía y los sobrevivientes se agruparon en dos grupos que finalmente se exterminaron entre sí. Unos pocos consiguieron huir y se escondieron en cavernas, que fueron los habitantes que encontró el hombre blanco a su llegada. En 1872 apenas quedaban 111 habitantes. Eran personas extremadamente pobres que fueron vendidas como esclavos por traficantes peruanos.

Seguramente para muchos de nosotros no sea tan difícil descubrir en esta historia, documentada con muchas pruebas auténticas, cierto paralelismo con el mundo que tenemos en pleno siglo XXI. No dejamos de saquear lo que la naturaleza nos brinda y ha tardado millones de años en formar. Y detrás de estas conductas, la mayoría de las guerras gestadas en las últimas décadas. La ambición de poder y de dominio sobre los demás nos ha colocado en esta era de la historia.
Pero tal vez la mayor diferencia entre nosotros y esa cultura polinésica que se exterminó a sí misma hace 150 años, sea la falta de conciencia e información sobre lo que estaba pasando, cosa que no sucede en el siglo en que vivimos. Hoy somos perfectamente conscientes de lo que pasa y hacia dónde vamos, pero nuestra codicia y ansias de, consumo no nos permiten detenernos, aunque sepamos con certeza que es la mejor forma de escupir para arriba y terminar con lo que nos queda de la Tierra y nuestra civilización.

(*) Casi casi como ahora, donde el hecho de bombardear hospitales se está convirtiendo en tendencia. Sobran los ejemplos de los últimos ataques a las instalaciones de Médicos sin Fronteras.

Fuente: Guerras climáticas. Por que mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI. De Harald Welzer. Katz Editores.

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